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febrero 4, 2009 por  

Romper la lógica de las cosas, para poner en jaque el equilibrio de lo establecido, debería ser una virtud de las bien consideradas. No todo tiene que ser como es siempre, ni hacerse como se hace habitualmente, porque lo único que se consigue es un avance tan lineal como aburrido. Probar el límite de las cosas provoca que se rompa la moderación con que el mundo funciona. Y eso no tiene precio.
Si el sicólogo se pusiese a llorar justo en el momento en que el paciente le comienza a detallar sus problemas, tendríamos a dos funcionarios de este mundo altamente descolocados pero abiertos a un sinfín de nuevas opciones: sicólogo en el diván escuchado por paciente, paciente que se va con dinero de la consulta por ayudar al sicólogo, terapia de llorera compartida… Hasta que no suceda que el sicólogo deje de ser lo que el paciente espera de él, ninguno de los dos sabrá que es lo que realmente hay al otro lado.
Enero y la promesa de un año para estrenar es un buen momento para ir a buscar el límite aquel. Jugar, jugar sin descanso, ni escrúpulos, ha de ser la consigna de estos doce meses. En lo personal, los poco arriesgados pueden comenzar a intentarlo en el supermercado: comprar otra marca de detergente, ese que su madre le dijo que no sacaba las manchas, o el suavizante que huele peor. Abrir la lavadora será un ejercicio de tensión en potencia que ni la mejor disciplina de deporte aventura podrá reemplazar.
Si la idea es ir más allá, el marido enamorado puede aplicar pintalabios en el cuello de su camisa y esperar reacción, la profesora dirá que no tiene ni idea de la pregunta del alumno y el taxista, ese hombre que escucha música clásica para relajarse al volante de su vehículo en la estresada ciudad, no encontrará la calle a la que el ejecutivo le ha ordenado se dirija. A este ritmo, atacando con breves colapsos a la lógica del mundo, se irán descubriendo nuevos y curiosos sentimientos, reacciones insospechadas o habilidades escondidas.
Si en mitad del frío invierno hubiese una semana de verano sin preaviso ─pero verano verdadero, del de playa y chanclas─ se podría lucir moreno en navidad y los ánimos cambiarían. O si los diseñadores en masa decidieran interlinear por debajo de la comprensión o paginar no correlativamente, algo pasaría. Pero de diseño estas letras hoy no van a hablar ya que no se estaría cumpliendo con el propósito que promete cambiar el mundo. Aunque a los editores de AyD no les guste, que de eso se trata, porque el mundo sin duda es de los valientes.

Texto: Constanza Saavedra

Ilustración: Mayra Aguilar

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Publicado en AyD 112

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