Espejito, espejito

noviembre 26, 2008 por  

Ilustración Mayra Aguilar

El diseñador con su ordenador sufre la misma condena que el camionero con su camión: en su herramienta de trabajo tiene el más despiadado espejo de la gloria o la miseria que es su existencia.

Lo curioso es que no se es absolutamente consciente de la crueldad de esta afirmación hasta el momento en que ese diseñador en cuestión se pasa cinco eternos e inútiles minutos frente al escritorio de su ordenador buscando ‘ese’ icono. Ese archivo que necesita, ese que sabe que está ahí, pero que es absolutamente incapaz de localizar. Ese icono que se ha camuflado en el escritorio entre todos los otros iconos que ya no necesita y que nunca jamás más volverá a necesitar. Es precisamente ahí, en esa larga y tensa espera, cuando la pantalla del ordenador muta a espejo de cuento clásico y ese diseñador ve como esa mañana, esa mismísima mañana, invirtió otros cinco eternos e inútiles minutos buceando entre su armario y el cesto de la ropa sucia para encontrar esa camiseta que tenía previsto utilizar. Ahí, frente al ordenador, sin icono y con camisa, ese diseñador se enfrenta a la más cruel imagen de sí mismo.

Más allá del aburrido análisis del wallpaper para descubrir una verdadera personalidad, cada insolente píxel de la pantalla muestra cómo es realmente el dueño del artilugio. No hay estudio al respecto, pero seguro que algún día lo habrá, porque no se puede negar que las barras de herramientas son, por ejemplo, un síntoma de la obsesión por el control de su dueño. A más y más nutridas —esas que por defecto lo despliegan, todo, pero todo, incluidos los filtros de video de Photoshop— sólo se puede esperar un psicópata de profesión. Y contrario a lo que todos pueden pensar, mientras menos haya, nada bueno puede pasar: la suficiencia de su dueño jactándose ante la atónita mirada del becario de todos los comandos que es capaz de memorizar, sólo contribuye a la creación de otro engendro de diseñador de pro (ver Arte y Diseño 100, por favor) que estará tan encantado de conocerse que no se podrá mirar al espejo, al de verdad, del puro gusto que le dará.

A tenor de este simple análisis se abre un mundo de posibilidades aún por explotar: en vez de un psicotécnico en una entrevista de trabajo, que te dejen organizar un ordenador y ya se verá, o para saber si ese chico o esa chica es quien dice que es, bastará con echarle un rápido y furtivo ojo a su monitor y el misterio se desvelará. En todo caso, y mientras la humanidad toma conciencia de semejante descubrimiento, desde esta humilde tribuna no se puede hacer más que un llamamiento urgente a esos grandísimos profesionales que son los de CSI: investigadores todos, sin importar la ciudad donde estéis desplegados —Miami, Las Vegas, Nueva York, Navalcarnero… ¡qué importa!— por favor atended a los ordenadores, a esas valiosas bitácoras que no sólo guardan roña y pestañas entre sus teclas. En ellos está la más absoluta y descarada imagen de sus dueños, lo que sabe que es y lo que no se habría imaginado nunca que podía llegar a ser, así tal cual.

Texto: Constanza Saavedra
Ilustración: Mayra Aguilar

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Publicado en AyD 110

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