La Magdalena Digital
septiembre 26, 2008 por xavier
A veces tengo un recuerdo de juventud. Me veo sentado trabajando en una de esas grandes mesas de dibujo técnico. La mesa, suave al tacto y de un indefinido color claro, está situada frente a una gran ventana e inclinada unos 20 grados. En su margen derecho, hay un paralax desmontado que me molesta al dibujar pero que no me decido a sacar de la mesa. Tampoco sabría donde ponerlo y acabaría en el suelo. Lugar del que sería retirado cuando fregase para quedarse definitivamente de manera provisional, otra vez en la mesa.
Otro objeto que me molesta al dibujar es la larga lámpara tipo flexo, que hay en la esquina de la mesa opuesta al paralax. Es un viejo flexo que ha perdido la tensión y es imposible mantenerlo erguido, siempre acaba plegándose a su posición de reposo. Parece un flamenco-robot dormido. Cuando lo necesito, tengo que estirarlo y ponerle algunos lápices entre las varillas metálicas para que se aguante erguido y me ilumine. Luego me olvido y al moverlo, salta toda la ingeniería creada y el flexo vuelve a su posición de descanso, con la cabeza escondida entre las varillas metálicas, ligeramente avergonzado de su edad y del estropicio de lápices caídos encima de la mesa.
Debajo de la superficie de trabajo, hay otro tablero donde guardo mis herramientas de trabajo: lápices, colores, tintas, tramas, acuarelas, anilinas y el eterno vasito con tres dedos de agua y varias puntas de Rotring sumergidas, en espera de que me decida a lavarlas.
Está a punto de anochecer y el amarillento sol que entra por la ventana resalta las pequeñas rugosidades del papel, un Oxford A3 de 140 gr, en el que estoy esbozando con un lápiz bastante blando, casi un carboncillo, un logo para una publicación empresarial.
Llevo puestos unos walkman, aunque la cinta se acabo hace rato y no se oye nada. Da igual. Me se todas las cintas de memoria. Con en el silencio de la música, oigo el fino raspado de la punta del lápiz sobre el papel.
Me gusta ver como se desplaza el lápiz, sentir a través de él, las pequeñas rugosidades de la superficie y soplar con cuidado de vez en cuando para eliminar el polvillo negro que deja.
Recuerdo muchos olores y tactos. La tinta china, las gomas Milán, el pegamento de las tramas y el plástico del Letraset. El frío tacto de la caja metálica de las acuarelas, la madera de la caja de Rotrings, el olor de las virutas dejadas por la maquinilla después de sacar punta a los lápices de colores, el cuter, los diferentes tactos y olores de los libros amontonados bajo la mesa, los papeles, el celo Scotch satinado y por encima de todos los olores, uniéndolos y creando el ambiente típico de un estudio, los Cigarrillos Ducados que de vez en cuando fumaba.
Todos estos falsos recuerdos recuerdo.
Y los recuerdo muy bien aunque…
… cuando dibujaba en esa mesa no me deleitaba con los olores, ni los ruidos, ni las texturas. No me interesaba la luz entrando por la ventana y destacando las texturas del papel. Los percibía porque estaban allí y eran parte del entorno pero no me importaban o más bien, no les prestaba atención. Seguro que también oía el transito, las tuberías o las sopas y cocidos del mediodía y esto no entra dentro de mis recuerdos.
Lo que me preocupaba era quedarme sin letras en la hoja Letraset, cortar mal las tramas, que no se secase el Rotrings 0,4 ni los pinceles caros, vaciar el vaso de yogurt lleno de virutas de los lápices, comprar más papel y hojas para el cuter, o cosas de este estilo. Pero el tiempo y las películas han hecho que mi recuerdo, aunque falso, sea ese y me gusta conservarlo así. Táctil, orgánico, emocional.
Ahora, cuando trabajo utilizo una tableta Wacom conectada a mi iMac G5. Dependiendo de la punta que le pongo al lápiz óptico, consigo imitar un poco la sensación del lápiz clásico sobre el papel. La música que escucho viene del iTunes del Mac y no tengo ni idea de que sonará -tengo casi cien megas de canciones. Los Rotrings, las tramas, las hojas Letraset, las acuarelas, etc. han sido sustituidos en un 90 por ciento por software de dibujo e ilustración y los libros que se amontonaban bajo la mesa están en un armario pues casi siempre, para buscar material de referencia consulto Internet. Ahora, para mi, la función de los libros se acerca más al fetichismo que a la herramienta de trabajo.
La luz ya no entra a raudales por la ventana porque crea brillos en el monitor, aunque la vista que tengo desde mi casa es mucho mejor que la que tenía en mi apartamento de BCN y por suerte, ya hace mucho que me fume el último Ducados.
No hay olores, no hay ruidos (excepto el ventilador del PC), no hay sensaciones táctiles, ni manualidades que hacer. Por no haber, no hay ni trabajos que mostrar pues están todos en los discos duros del ordenador. En esta asepsia artística vivimos muchos profesionales y normalmente no nos damos cuenta de lo mucho que nos hemos distanciado del contacto físico con nuestra obra y nuestras herramientas.
Hoy, al volver a recordar, he encendido la impresora, ‘la buena’, la de las pruebas para los clientes. He puesto una hoja de un papel especial HP para impresión de obras de arte en el cargador. He abierto una ilustración creada hace unos días. He seleccionado los ajustes de máxima calidad y la he imprimido.
Hoy he vuelto a tener en las manos un trabajo mío -con su tacto y su olor- y me ha gustado mucho; sentirlo.
Táctil, orgánico, emocional.
Publicado en AyD

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